Poesía, Pensamientos, Gaia,Relatos,Muros

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" El baldío." Augusto Roa Bastos.

No tenían cara, chorreados, comidos por la oscuridad. 
Nada más que sus dos siluetas vagamente humanos, los dos cuerpos reabsorbidos en sus sombras.
 Iguales y sin embargo tan distintos.
 Inerte el uno, viajando atrás del suelo con la pasividad de la inocencia o de la indiferencia más absoluta.
 Encorvado el otro, jadeante por el esfuerzo de arrastrarlo entre la maleza y los desperdicios.
 Se detenía a ratos a tomar aliento. Luego recomenzaba doblando aún más el espinazo sobre su carga.
 El olor del agua estancada del Riachuelo debía estar en todas partes, ahora más con la fetidez dulzarrona del baldío hediendo a herrumbre, a excrementos de animales, ese olor pastoso por la amenaza del mal tiempo que el hombre manoteaba de tanto en tanto para despegárselo de la cara.
 Varillitas de vidrio o metal entrechocaban entre los yuyos, aunque de seguro ninguno de los dos oiría ese cantito isócrono, fantasmal. 
Tampoco el apagado rumor de la ciudad que allí parecía trepidar bajo tierra.
Y el que arrastraba, sólo tal vez ese ruido blando y sordo del cuerpo al rebotar sobre el terreno, el siseo de restos de papeles o el opaco golpe de los zapatos contra las latas y cascotes.
 A veces el hombro del otro se enganchaba en las matas duras o en alguna piedra.
 Lo destrababa entonces a tirones, mascullando alguna furiosa interjección o haciendo a cada forcejeo el ha… neumático de los estibadores al levantar la carga rebelde al hombreo.
 Era evidente que le resultaba cada vez más pesado.
 No sólo por esa resistencia pasiva que se le empacaba de vez en cuando en los obstáculos. 
Acaso también por el propio miedo, la repugnancia o el apuro que le iría comiendo las fuerzas, empujándolo a terminar cuanto antes.
Al principio lo arrastró de los brazos.
 De no estar la noche tan cerrada se hubiera podido ver los dos pares de manos entrelazadas, negativo de un salvamento al revés.
 Cuando el cuerpo volvió a engancharse, agarró las dos piernas y empezó a remolcarlo dándole la espalda, muy inclinado hacia adelante, estribando fuerte en los hoyos.
 La cabeza del otro fue dando tumbos alegres, al parecer encantada del cambio.
Los faros de un auto en una curva desparramaron de pronto una claridad amarilla que llegó en oleadas sobre los montículos de basura, sobre los yuyos, sobre los desniveles del terreno.
 El que estiraba se tendió junto al otro. 
Por un instante, bajo esa pálida pincelada, tuvieron algo de cara, lívida, asustada la una, llena de tierra la otra, mirando hacer impasible.
 La oscuridad volvió a tragarlas enseguida.
 Se levantó y siguió halándolo otro poco, pero ya habían llegado a un sitio donde la maleza era más alta. 
Lo acomodó como pudo, lo arropó con basura, ramas secas, cascotes. 
Parecía de improviso querer protegerlo de ese olor que llenaba el baldío o de la lluvia que no tardaría en caer.
 Se detuvo, se pasó el brazo por la frente regada de sudor, escarró y escupió con rabia.
 Entonces escuchó ese vagido que lo sobresaltó. 
Subía débil y sofocado del yuyal, como si el otro hubiera comenzado a quejarse con lloro de recién nacido bajo su túmulo de basura.
Iba a huir, pero se contuvo encandilado por el fogonazo de fotografía de un relámpago que arrancó también de la oscuridad el bloque metálico del puente, mostrándole lo poco que había andado.
 Ladeó la cabeza, vencido. 
Se arrodilló y acercó husmeando casi ese vagido tenue, estrangulado, insistente. 
Cerca del montón había un bulto blanquecino. El hombre quedó un largo rato sin saber qué hacer.
 Se levantó para irse, dio unos pasos tambaleando, pero no pudo avanzar.
 Ahora el vagido tironeaba de él. 
Regresó poco a poco, a tientas, jadeante.
 Volvió a arrodillarse titubeando todavía.
 Después tendió la mano. El papel del envoltorio crujió.
 Entre las hojas del diario se debatía una formita humana.
 El hombre la tomó en sus brazos. 
Su gesto fue torpe y desmemoriado, el gesto de alguien que no sabe lo que hace, pero que de todos modos no puede dejar de hacerlo.
Se incorporó lentamente, como asqueado de una repentina ternura semejante al más extremo desamparo, y quitándose el saco arropó con él a la criatura húmeda y lloriqueante.
Cada vez más rápido, corriendo casi, se alejó del yuyal con el vagido y desapareció en la oscuridad.

 Augusto Roa  Bastos.

"El hombre muerto." Cuento de Horacio Quiroga.


"El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla. Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.
Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía.
El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia. La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro. Pero entre el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano! Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún! ¿Aún…?
No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma altura; las sombras no han avanzado un milímetro. Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: se está muriendo. Muerto. Puede considerarse muerto en su cómoda postura. Pero el hombre abre los ojos y mira. ¿Qué tiempo ha pasado? ¿Qué cataclismo ha sobrevivido en el mundo? ¿Qué trastorno de la naturaleza trasuda el horrible acontecimiento?
Va a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir.
El hombre resiste -¡es tan imprevisto ese horror!- y piensa: es una pesadilla; ¡esto es! ¿Qué ha cambiado? Nada. Y mira: ¿no es acaso ese el bananal? ¿No viene todas las mañanas a limpiarlo? ¿Quién lo conoce como él? Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al sol. Allí están, muy cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no se mueven… Es la calma del mediodía; pero deben ser las doce. Por entre los bananos, allá arriba, el hombre ve desde el duro suelo el techo rojo de su casa. A la izquierda entrevé el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver más, pero sabe muy bien que a sus espaldas está el camino al puerto nuevo; y que en la dirección de su cabeza, allá abajo, yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago. Todo, todo exactamente como siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y solitario, los bananos inmóviles, el alambrado de postes muy gruesos y altos que pronto tendrá que cambiar…
¡Muerto! ¿pero es posible? ¿no es éste uno de los tantos días en que ha salido al amanecer de su casa con el machete en la mano? ¿No está allí mismo con el machete en la mano? ¿No está allí mismo, a cuatro metros de él, su caballo, su malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de púa? ¡Pero sí! Alguien silba. No puede ver, porque está de espaldas al camino; mas siente resonar en el puentecito los pasos del caballo… Es el muchacho que pasa todas las mañanas hacia el puerto nuevo, a las once y media. Y siempre silbando… Desde el poste descascarado que toca casi con las botas, hasta el cerco vivo de monte que separa el bananal del camino, hay quince metros largos. Lo sabe perfectamente bien, porque él mismo, al levantar el alambrado, midió la distancia.
¿Qué pasa, entonces? ¿Es ése o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en el bananal ralo? ¡Sin duda! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo… Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que formó él mismo a azada, durante cinco meses consecutivos, ni con el bananal, obras de sus solas manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: Se muere.
El hombre muy fatigado y tendido en la gramilla sobre el costado derecho, se resiste siempre a admitir un fenómeno de esa trascendencia, ante el aspecto normal y monótono de cuanto mira. Sabe bien la hora: las once y media… El muchacho de todos los días acaba de pasar el puente.
¡Pero no es posible que haya resbalado…! El mango de su machete (pronto deberá cambiarlo por otro; tiene ya poco vuelo) estaba perfectamente oprimido entre su mano izquierda y el alambre de púa. Tras diez años de bosque, él sabe muy bien cómo se maneja un machete de monte. Está solamente muy fatigado del trabajo de esa mañana, y descansa un rato como de costumbre. ¿La prueba…? ¡Pero esa gramilla que entra ahora por la comisura de su boca la plantó él mismo en panes de tierra distantes un metro uno de otro! ¡Ya ése es su bananal; y ése es su malacara, resoplando cauteloso ante las púas del alambre! Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la esquina del alambrado, porque él está echado casi al pie del poste. Lo distingue muy bien; y ve los hilos oscuros de sudor que arrancan de la cruz y del anca. El sol cae a plomo, y la calma es muy grande, pues ni un fleco de los bananos se mueve. Todos los días, como ése, ha visto las mismas cosas.
…Muy fatigado, pero descansa solo. Deben de haber pasado ya varios minutos… Y a las doce menos cuarto, desde allá arriba, desde el chalet de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! ¡Piapiá!
¿No es eso…? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo… ¡Qué pesadilla…! ¡Pero es uno de los tantos días, trivial como todos, claro está! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al malacara inmóvil ante el bananal prohibido.
…Muy cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a mediodía como ahora, ha cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando él llegó, y antes había sido monte virgen! Volvía entonces, muy fatigado también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos. Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde el tejamar por él construido, el trivial paisaje de siempre: el pedregullo volcánico con gramas rígidas; el bananal y su arena roja: el alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino. Y más lejos aún ver el potrero, obra sola de sus manos. Y al pie de un poste descascarado, echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos los días, puede verse a él mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre la gramilla -descansando, porque está muy cansado.
Pero el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela ante el esquinado del alambrado, ve también al hombre en el suelo y no se atreve a costear el bananal como desearía. Ante las voces que ya están próximas -¡Piapiá!- vuelve un largo, largo rato las orejas inmóviles al bulto: y tranquilizado al fin, se decide a pasar entre el poste y el hombre tendido que ya ha descansado."
Horacio Quiroga.
 1878-1937

" Almuerzos."Julio Cortázar.

Minicuento
Julio Cortázar
En el restaurante de los cronopios pasan estas cosas, a saber que un fama pide con gran concentración un bife con papas fritas, y se queda deunapieza cuando el cronopio camarero le pregunta cuántas papas fritas quiere.
—¿Cómo cuántas? —vocifera el fama—. ¡Usted me trae papas fritas y se acabó, qué joder!
—Es que aquí las servimos de a siete, treinta y dos, o noventa y ocho —explica el cronopio.
El fama medita un momento, y el resultado de su meditación consiste en decirle al cronopio:
—Vea, mi amigo, váyase al carajo.
Para inmensa sorpresa del fama, el cronopio obedece instantáneamente, es decir que desaparece como si se lo hubiera bebido el viento. Por supuesto el fama no llegará a saber jamás dónde queda el tal carajo, y el cronopio probablemente tampoco, pero en todo caso el almuerzo dista de ser un éxito.

" Amigos por el viento." Liliana Bodoc.- Cuento -

" A veces la vida se comporta como el viento.
Desordena y arrasa.
Algo susurra pero no se entiende.
A su paso todo peligra.
Hasta aquéllo que tiene raíces."

Liliana Bodoc.

La inesperada muerte de Liliana Bodoc ha impactado en el campo cultural .
Distintos escritores, editores e ilustradores han expresado su congoja . 
Quienes la conocieron en persona, al igual que sus incontables lectores,
 destacan el compromiso de la autora de la Saga de los confines,
 compromiso con la literatura y también con su época, con las ideas.

" Persecuta." - Minicuento - Mario Benedetti .


"Como en tantas y tantas de sus pesadillas, empezó a huir despavorido.
 Las botas de sus perseguidores sonaban y resonaban sobre las hojas secas.
 Las omnipotentes zancadas se acercaban a un ritmo enloquecido y enloquecedor.
Hasta no hace mucho, siempre que entraba en una pesadilla,
 su salvación había consistido en despertar, pero a esta altura 
los perseguidores habían aprendido esa estratagema y ya no se dejaban sorprender.
Sin embargo esta vez volvió a sorprenderlos.
 Precisamente en el instante en que los sabuesos creyeron que iba a despertar, 
él, sencillamente, soñó que se dormía."
Mario Benedetti

Cuento. " Monseñor." Juan Henares.

–¿Por qué has pecado hija?

–No lo pude evitar Monseñor, cada vez que lo veo siento algo que corre por mi cuerpo y quiere salir; es más fuerte que yo.

–Es el Demonio que tienes adentro; es el pecado en tu cuerpo, debes expulsarlo. Reza diez Padre Nuestro y diez Ave María, y trata de no repetirlo nunca más; no solo has engañado a tu marido, también defraudaste al Señor.

Salió del confesionario, cansado y dolorido por estar tanto tiempo dentro de ese espacio tan pequeño; si bien por ser obispo su obligación no era confesar a los feligreses, al hacerlo mantenía contacto con ellos, algo que disfrutaba mucho. Se dirigió a la sacristía, y en el trayecto recibió el cariño de la gente, a quienes muy contento llenó de buenos augurios y bendiciones.

Casi una hora después, luego de hablar con los sacerdotes –a quienes les ordenó varias tareas– caminó hacia el patio trasero y ascendió a su moderno coche. Hacía calor, pronto encendió el motor y esperó a que el aire acondicionado hiciera más agradable el ambiente. El viaje hasta su casa le llevó treinta minutos; podría vivir en la propia iglesia –provista de confortables habitaciones –, pero prefería la soledad de una vieja y pequeña estancia en las afueras de la ciudad. Ahí estaba tranquilo, disfrutaba de la naturaleza, la música, sus lecturas y demás pasatiempos sin nadie que lo moleste ni interrumpa.


Llegó, guardó el coche en el viejo galpón de madera que hacía las veces de garaje e ingresó a la residencia; luego desactivó la alarma que lo resguardaba de intrusos. Fue a su habitación, sentado en la cama se despojó de sus sandalias; se quitó la negra sotana, luego el fajín y el solideo –ambos morados– y su anillo, y en ropa interior entró al baño. Tras darse una ducha, tomó la toalla y fue al comedor, a la vez que secaba su cuerpo; allí encendió su equipo de música, y con el bolero de Maurice Ravel de fondo entró a la cocina. Sacó de la heladera queso, salame y un litro de leche; también una vasija con milanesas. En la mesa cortó todo en pequeños trozos, les agregó pan y los puso dentro del mismo recipiente; a este lo colocó en un canasto, junto a un par de vasos plásticos y la botella de leche. Mientras meneaba su obesa figura al ritmo de Ravel, caminó desnudo hacia la biblioteca, con el canasto colgado de un brazo. Sacó un libro – una vieja edición en latín de la Biblia, con tapa púrpura y letras doradas–, lo apoyó en un estante y movió una palanca que estaba oculta al fondo del mueble. Una sección de unos 80 centímetros de la biblioteca giró hacia un lateral, dejando al descubierto un pequeño espacio libre por el que, muy dificultosamente, ingresó Monseñor. Un metro más adelante comenzaba una angosta y empinada escalera, que llevaba al sótano de la antigua estancia. Descendió por ella, abrió una pequeña puerta, e ingresó en una amplia sala iluminada solo por la tenue claridad de unas velas. Luego de encender la luz artificial, se persignó ante una estatua de Cristo, y sobre una alfombra roja se arrodilló a rezar; pegado en la pared lo acompañaba en sus plegarias un poster a cuerpo completo del Papa – su amigo– junto a una vieja imagen de la Virgen María y un cuadro de “La última cena” de Da Vinci colgado a su lado.

Luego de unos minutos de oración abrió sus ojos; se levantó – le dolían las rodillas– y se dirigió a la otra punta de la sala, ocupada por una antigua cama de hierro fundido, con barrales dorados y respaldo – decorado en bronce– adornado con el escudo del Vaticano.
 Sobre ella, el látigo de esparto que, como miembro del Opus Dei, usaba para flagelarse y pagar sus pecados, a la vez que demostraba su amor a Dios. 
En el piso, junto a las patas de la cama y encadenadas a ellas, dos jóvenes adolescentes desnudas y amordazadas – con sus cuerpos lastimados y cubiertos de marcas– lloraban aterradas al acercarse Monseñor.
Autor : Juan Henares.

Juan Henares nació en Paraná, Entre Ríos (1963); actualmente vive en Colonia Avellaneda, un pueblito a 14 Kms de Paraná. Es profesor en Ciencias Sociales, dicta clases en escuelas secundarias para adultos. En el año 2004, con el ensayo “Treinta mil imprescindibles”, obtuvo el Primer Premio en el “Concurso de Ensayos Memorias y Dictadura”, organizado por Universidad Nacional de Entre Ríos y Universidad Autónoma de Entre Ríos. Desde noviembre de 2015 escribe cuentos y relatos, algunos de los cuales han obtenido premios y otros han sido publicados en antologías. Entre ellos, se pueden destacar: “Monseñor”, finalista en “VIII Concurso Internacional de Relato Corto Caños Dorados”, Asociación Cultural Los Caños Dorados, Fernán Núñez, Córdoba, España, 2017./ “Fin del juego”, 2° Premio en “V Concurso de microrrelatos El folio en blanco”, COPE, Ávila, España, 2016./ “La búsqueda”, Mención en “III Ed. Concurso Int. Abriendo Puertas”, Proyecto Grafomanía, Guantánamo, Cuba, 2016./ “El maletín”, 1° Premio febrero 2017 en “V Concurso de Relato Breve Projecte LOC”, Proyecte LOC, Cornellà de Llobregat, Barcelona, España, 2017./ “Félix y Regina”, Mención de Honor en “III Certamen Literario Fundación Somos”, Fundación Somos, Miami, EE. UU., 2017./ “El mandato”, Tercer Premio en “16° Certamen Literario Nacional Leopoldo Lugones 2017”, Fundación Educacional Usina Popular Cooperativa, Necochea, Argentina, 2017.

"El baldío." Augusto Roa Bastos.


"No tenían cara, chorreados, comidos por la oscuridad.
 Nada más que sus dos siluetas vagamente humanas, los dos cuerpos reabsorbidos en sus sombras.
 Iguales y sin embargo tan distintos.
 Inerte el uno, viajando a ras del suelo con la pasividad de la inocencia o de la indiferencia más absoluta.
 Encorvado el otro, jadeante por el esfuerzo de arrastrarlo entre la maleza y los desperdicios.
 Se detenía a ratos a tomar el aliento.
 Luego recomenzaba doblando aún más el espinazo sobre su carga.
 El olor del agua estancada del Riachuelo debía estar en todas partes, ahora más con la fetidez dulzarrona del baldío hediendo a herrumbre, a excrementos de animales, ese olor pastoso por la amenaza de mal tiempo que el hombre manoteaba de tanto en tanto para despegárselo de la cara.
 Varillitas de vidrio o metal entrechocaban entre los yuyos, aunque de seguro ninguno de los dos oiría ese cantito isócrono, fantasmal. 
Tampoco el apagado rumor de la ciudad que allí parecía trepidar bajo tierra.
 Y el que arrastraba, sólo tal vez ese ruido blando y sordo del cuerpo al rebotar sobre el terreno, el siseo de restos de papeles o el opaco golpe de los zapatos contra las latas y cascotes.
 A veces el hombro del otro se enganchaba entre las matas duras o en alguna piedra. Lo destrababa entonces a tirones, mascullando alguna furiosa interjección o haciendo a cada forcejeo el ah!… neumático de los estibadores al levantar la carga rebelde al hombro.
 Era evidente que le resultaba cada vez más pesado.
 No sólo por esa resistencia pasiva que se le empacaba de vez en cuando en los obstáculos.
 Acaso también por el propio miedo, la repugnancia o el apuro que le iría comiendo las fuerzas, empujándolo a terminar cuanto antes.
 Al principio lo arrastró de los brazos. 
De no estar la noche tan cerrada se hubiera podido ver los dos pares de manos entrelazadas, negativo de un salvamento al revés.
Cuando el cuerpo volvió a engancharse, agarró las dos piernas y empezó a remolcarlo dándole la espalda, muy inclinado hacia adelante, estribando fuerte en los hoyos.
 La cabeza del otro fue dando tumbos alegres, al parecer encantada del cambio.
 Los faros de un auto en una curva desparramaron de pronto una claridad amarilla que llegó en oleadas sobre los montículos de basura, sobre los yuyos, sobre los desniveles del terreno.
 El que estiraba se tendió junto al otro.
 Por un instante, bajo esa pálida pincelada, tuvieron algo de cara, lívida, asustada la una, llena de tierra la otra, mirando hacer impasible.
 La oscuridad volvió a tragarlas en seguida.

Se levantó y siguió halándolo otro poco, pero ya habían llegado a un sitio donde la maleza era más alta.
 Lo acomodó como pudo, lo arropó con basura, ramas secas, cascotes. 
Parecía de improviso querer protegerlo de ese olor que llenaba el baldío o de la lluvia que no tardaría en caer. 
Se detuvo, se pasó el brazo por la frente regada de sudor, escarró y escupió con rabia.
 Entonces escuchó ese vagido que lo sobresaltó. 
Subía débil y sofocado del yuyal, como si el otro hubiera comenzado a quejarse con lloro de recién nacido bajo su túmulo de basura.

Iba a huir, pero se detuvo encandilado por el fogonazo de fotografía de un relámpago que arrancó también de la oscuridad el bloque metálico del puente, mostrándole lo poco que había andado.
 Ladeó la cabeza, vencido.
 Se arrodilló y acercó husmeando casi ese vagido tenue, estrangulado, insistente. Cerca del montón había un bulto blanquecino.
 El hombre quedó un largo rato sin saber qué hacer. 
Se levantó para irse, dio unos pasos tambaleando, pero no pudo avanzar.
 Ahora el vagido tironeaba de él. 
Regresó poco a poco, a tientas, jadeante.
 Volvió a arrodillarse titubeando todavía.
 Después tendió la mano. 
El papel del envoltorio crujió.
 Entre las hojas del diario se debatía una formita humana.
 El hombre la tomó en sus brazos. 
Su gesto fue torpe y desmemoriado,
 el gesto de alguien que no sabe lo que hace
 pero que de todos modos no puede dejar de hacerlo.
 Se incorporó lentamente, como asqueado de una repentina ternura
 semejante al más extremo desamparo,
 y quitándose el saco arropó con él a la criatura húmeda y lloriqueante.

Cada vez más rápido, corriendo casi, se alejó del yuyal 
con el vagido y desapareció en la oscuridad."

Augusto Roa Bastos.

"Monólogo del mal" - Augusto Monterroso -


Un día el Mal se encontró frente a frente con el Bien
 y estuvo  a punto de tragárselo para acabar
 de una buena vez con aquella  disputa ridícula.
 Pero al verlo tan chico el Mal pensó:
" -Ésto no puede ser más que una  emboscada; pues si yo ahora me trago al Bien, que se ve tan débil, la gente va a pensar que hice mal,
 y yo me  encogeré tanto de vergüenza 
que el Bien no  desperdiciará la oportunidad
 y me tragará a mí, con la diferencia de que entonces
 la gente pensará que él sí hizo bien,
 pues es difícil sacarla de sus  moldes mentales
 consistentes en que lo que hace el Mal está mal
 y lo que hace el Bien está bien."
Y así el Bien se salvó una vez más.

Augusto Monterroso.

" El poder de los sueños." de Luis Sepúlveda.

El libro de Luis Sepúlveda comienza con el texto de su intervención -revisada y corregida por el autor- 
durante el lanzamiento de la editorial «AÚN CREEMOS EN LOS SUEÑOS»,
 el 16 de abril de 2002 en la Biblioteca Nacional. 
Allí, el autor de "Un Viejo que leía novelas de Amor" recuerda, con emoción,
 sus años de estudiante secundario, cuando soñaba con quedarse, escondido,
 todo un fin de semana en una biblioteca.
 Soñaba que los libros le hablaban con su lenguaje silencioso y le mostraban cada una y todas las palabras impresas.
Luis Sepúlveda también se refiere a sus otros sueños, 
"los de un mundo en donde el pilar fundamental de la existencia sea la fraternidad, 
en donde las relaciones humanas estén sustentadas en la solidaridad"
 Luis Sepúlveda cuenta diversas anécdotas,.
Recuerda el viaje a Chile del poeta español Marcos Ana
 y se refiere a su relación con los libros y también a los autores que lo marcaron,
 como Francisco Coloane, Lautaro Yankas, Nicomedes Guzmán y tantos otros
 que le enseñaron "que la patria era mucho más que una bandera".
Luis Sepúlveda también expresa sus sentimientos en relación a los años 60 y comienzos de los 70,
 aunque sobre el gobierno de Salvador Allende, se detiene particularmente en otro hermoso texto,
 publicado en este mismo libro, que lleva por título "El memorial de los años felices".
Posteriormente se incluyen diversas crónicas.
 La editorial Aún Creemos en los Sueños, ha contado con el apoyo de Luis Sepúlveda 
desde el inicio, y ahora nuevamente ya que cedió los derechos de autor, del libro,
 para contribuir a consolidar esta editorial, con la que Luis Sepúlveda comparte
 la pasión y la convicción que Otro Mundo es Posible.
* Luis Sepúlveda también publicó en la editorial AÚN CREEMOS EN LOS SUEÑOS
 una serie de crónicas bajo el título: "La locura de Pinochet".
Le Monde diplomatique 

" Después de la guerra." Alejandro Jodorowsky.- Microcuento -

"El último ser humano vivo lanzó la última paletada de tierra sobre el último muerto.
 En ese instante mismo supo que era inmortal, 
porque la muerte sólo existe en la mirada del otro."
 Alejandro Jodorowsky.

" Amor 77." Julio Cortázar.

"Y después de hacer todo lo que hacen se levantan,
 se bañan, 
se entalcan,
 se perfuman,
 se visten, 
y así progresivamente
 van volviendo a ser lo que no son."
Julio Cortázar.

" Don Quijote cuerdo. " Marco Denevi.- Microcuento -

"El único momento en que Sancho Panza
 no dudó de la cordura de don Quijote 
fue cuando lo nombraron (a él, a Sancho)
 gobernador de la ínsula Barataria."
 Marco Denevi.

" Emigrante." Luis Felipe Lomelí. -Microcuento -

Eugene Laermans.

"-¿Olvida usted algo?
 – Ojalá."

 Luis Felipe Lomelí.
-Microcuento -

" No debería haber teléfono en el hogar de un minero." Aitana Castaño.


"Marisa no tuvo que levantar el auricular para saber
 lo que le iban a decir al otro lado del hilo telefónico: 
eran las cuatro menos diez de la madrugada y Jaime estaba en el pozu...
 pero lo levantó.
 —Marisa, oye mira que soy Serafín, ¿tas bien?, Vete a buscar a la mi muyer,
 nun tes sola, ye que mira... Marisa oye dime algo...
 Marisa colgó el teléfono sin decir nada,
 arropó a Jacobo que dormía en la cuna y comenzó a llorar.
 Al poco, sonó el timbre.
 Eran las vecinas.
 Ellas tampoco dijeron nada."

Aitana Castaño.

"Relatos sobre el silencio" . Valeria Mapelman.



Seecholé: Abuela pilagá.

"Seecholé hizo público lo que nadie se atrevió a contar. 
Su voz atravesó el tiempo,
 la barrera de los idiomas
 y quebró el silencio”.
 Valeria Mapelman.

" Ronco de tanto gritar".Galeano. Cuento - Basado en la realidad -

"Nada de lo humano me es ajeno".
Giovanni Bragolin

"Tienen la calle por casa.

 Son gatos en el salto y en el manotazo, gorriones en el vuelo, gallitos en la pelea.

 Vagan en bandadas, en galladas; duermen en racimos, pegados por la helada al amanecer.
 Comen lo que roban o las sobras que mendigan o la basura que encuentran; apagan el hambre y el miedo aspirando gasolina o pegamento. 
Tienen dientes grises y caras quemadas por el frío. 
Arturo Dueñas, de la gallada de la calle Veintidós, se va de su banda.
 Está harto de dar el culo y recibir palizas por ser el más pequeño, el chinche, el chichigua; y decide que más vale largarse solo. 

Una noche de éstas, noche como cualquier otra, Arturo se desliza bajo una mesa de restaurante, manotea una pata de pollo y alzándola como estandarte huye por las callejuelas.
 Cuando encuentra algún oscuro recoveco, se sienta a cenar. Un perrito lo mira y se relame. Varias veces Arturo lo echa y el perrito vuelve. 
Se miran: son igualitos los dos, hijos de nadie, apaleados, puro hueso y mugre. Arturo se resigna y convida. 

Desde entonces andan juntos, patialegres, compartiendo el peligro y el botín y las pulgas.
 Arturo, que nunca habló con nadie, cuenta sus cosas.
 El perrito duerme acurrucado a sus pies. 

Y una maldita tarde los policías atrapan a Arturo robando buñuelos, lo arrastran a la Estación Quinta y allí le pegan tremenda pateadura. 
Al tiempo Arturo vuelve a la calle, todo maltrecho.
 El perrito no aparece.
 Arturo corre y recorre, busca y rebusca, y no aparece.
 Mucho lo llama y nada. 
Nadie en el mundo está tan solo como este niño de siete años que está solo en las calles de la ciudad de Bogotá, ronco de tanto gritar."

EDUARDO GALEANO


Fuente :"Amares."
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