Te oigo mugir en medio de la noche
por encima del mar, también bramando.
Y salgo a oírte, sin dominio, a tientas,
a ver entre la helada y el sonoro
crecimiento tranquilo de los pastos
cómo va descendiendo hasta mi inmóvil
desolación ese desierto tuyo,
ese arenal de muertos
que sopla de tu voz sobre las sombras.
Rafael Alberti
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